Rosa Montero


Ah, pillina: después de todo, a nuestra empollona le gustaban guapos (en su estilo, Pierre Curie tampoco estaba mal). De modo que en esto la transgresora Madame Marie era de lo más convencional. Y, para mi vergüenza, debo reconocer que a mí me pasa lo mismo. No es justo, no es racional, no casa con mis principios ni con mis ideas, pero me gustan guapos. Siempre me ha irritado y desesperado esa propensión tan humana a mostrar una irremediable debilidad por la belleza. Puede que sólo sea un mandato genético, algo inscrito ciegamente en nuestras células, porque en los animales la belleza (esto es, la simetría) parece ser un indicio de su buena capacidad reproductora; pero siendo los humanos criaturas complejas y alejadas en tantas cosas de lo instintivo, ¿por qué seguir presos de este truco biológico? El caso es que la gente hermosa tiende a parecernos más inteligente, más sensible, más simpática, más honesta, más más y todo de todo.


ROSA MONTERO, La ridícula idea de no volver a verte, Seix Barral, 2013.